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EL AVEMARÍA EXPULSA A LOS PSEUDOPAPAS
Patricio Shaw


EL AVEMARÍA EXPULSA A LOS PSEUDOPAPAS - Patricio Shaw

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—DIOS TE SALVE, ¡OH LLENA DE GRACIA!, EL SEÑOR ES CONTIGO; BENDITA TÚ ERES ENTRE TODAS LAS MUJERES. … ¡OH MARÍA!, NO TEMAS, PORQUE HAS HALLADO GRACIA EN LOS OJOS DE DIOS. SÁBETE QUE HAS DE CONCEBIR EN TU SENO, Y TENDRÁS UN HIJO, A QUIEN PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS. ESTE SERÁ GRANDE, Y SERÁ LLAMADO HIJO DEL ALTÍSIMO, AL CUAL EL SEÑOR DIOS DARÁ EL TRONO DE SU PADRE DAVID, Y REINARÁ EN LA CASA DE JACOB ETERNAMENTE, Y SU REINO NO TENDRÁ FIN. … EL ESPÍRITU SANTO DESCENDERÁ SOBRE TI, Y LA VIRTUD DEL ALTÍSIMO TE CUBRIRÁ CON SU SOMBRA, POR ESTA CAUSA EL FRUTO SANTO QUE DE TI NACERÁ SERÁ LLAMADO HIJO DE DIOS.


—HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR; HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA[1]


Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ EN MEDIO DE NOSOTROS. [2]


El ángel Gabriel fue enviado por Dios. ¿Adónde? A una ciudad de Galilea, llamada Nazaret ... Nazaret significa flor. Uno puede encontrar algo así como las semillas del pensamiento de Dios, de alguna manera caídas del cielo a la tierra, en las palabras pronunciadas de lo alto a los patriarcas y en las promesas hechas a ellos, como que de estas preciosas semillas está escrito: De suerte que si el Señor Dios de los ejércitos no hubiese conservado alguno de nuestro linaje, hubiéramos corrido la misma suerte de Sodoma, y en todo semejantes a Gomorra [3]. Ahora bien, esta semilla ha florecido en las maravillas que aparecieron cuando Israel salió de Egipto, en las figuras y emblemas de su viaje por el desierto, más tarde en las visiones y predicaciones de los profetas, y en el establecimiento del reino y el sacerdocio hasta Cristo que con razón se puede considerar como el fruto de esta semilla y estas flores, de acuerdo con las palabras de David:  “Por lo que derramará el Señor su benignidad y nuestra tierra producirá su fruto”. [4] La quintaesencia por así decir de estas flores, es María, y es el Perfume Consolador y Santificante de la Verdadera Iglesia cuya Compleción y Cabeza es Cristo.

El Avemaría es la primera palabra evangélica dirigida a la primera persona del Nuevo Testamento; la primera palabra evangélica anunciada a la tierra; el Evangelio del Padre Eterno a la Virgen; el Evangelio que resume las grandezas de Jesús y María.

Ambrosio Catalino, brillante teólogo antiluterano [5] encuentra en textos de San Agustín y otros santos un paralelismo entre María y Pedro en cuanto representantes y prototipos de toda la Iglesia y de cada fiel. Al responder María al “Dios te salve, María” con las palabras “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, en Ella los fieles piden y consiguen la Encarnación del Autor de la Fe y la Gracia: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Al responder Pedro al divino Fundador de la Iglesia conocido como tal: “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios Vivo”, en él los fieles —¡y eminentísimamente María misma!— piden y consiguen, además, la Fundación de la Sociedad jerárquica que propone la Fe y la Gracia y dispone los medios para recibirla: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y te daré las llaves del Reino de los Cielos”. Los pseudopapas postcatólicos no dicen con su voluntad gubernamental y magisterial al divino Fundador de la Iglesia Católica conocido como tal: “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios Vivo”. Para decir esto nos fundamos en la obra polémica de Santo Tomás contra los errores de los griegos cismáticos, donde dice que todos los errores de los herejes tienden principalmente a derogar la dignidad de Cristo.[6] Y demuestra cómo cada herejía de algún modo deroga la dignidad de Nuestro Señor Jesucristo. Los pseudopapas postcatólicos lo hacen de muchas y odiosas maneras, de las cuales quizás la peor es su ecumenismo, que se atreve a llamar optativo a Nuestro Señor Jesucristo, optativa una verdadera Religión, y con ello inexistente a Dios, supuesta la existencia de la consciencia moral y de la inmortalidad en el hombre.

Pero María inicia una paz perfecta entre Dios y los hombres, que pasará a la verdadera Iglesia, aunque ésta esté reducida a un pequeñísimo rebaño: paz estable, decente y fructuosa. Porque una paz inestable es un mero ardid; una paz indecente es una mera afrenta; una paz infructuosa es una mera ruina —y pura inestabilidad, indecencia e infructuosidad transmite la Iglezuela Postcatólica a los suyos y al mundo entero que toma por suyo.

La paz estable que en el día eterno del Avemaría se asienta entre Dios y los hombres, es paz eterna, porque tal es el fundamento en que estriba. Las paces que hacen los hombres entre sí, se fundan en necesidad; esta paz se funda en amor; y sola la paz fundada en amor es paz segura; que paz que estriba en fuerza de necesidad, es paz sospechosa. Esta paz de Dios con los hombres es como la paz de David con la casa de Nabat su hijo y ancestro de María: el Señor Dios dará el trono de su padre David. Viene Dios Hijo con todos los poderes de Dios Padre, para tomar el asiento de David; y se multiplicará su imperio porque asentará una paz que nunca tendrá fin. Podría preguntarse qué gran promesa es sentarse en el trono de su padre David para aquel que está sentado sobre los querubines[7], a quien el profeta vio sentado sobre un solio excelso y elevado [8]. Pero conocemos otra Jerusalén mucho más noble y rica que aquella donde reinó David: Dios le Dio la sede de su padre David cuando éste dijo: Mas yo he sido por él constituido rey sobre Sión, su santo monte, para predicar su ley[9]. Queda más abiertamente expresado al decir el profeta sobre Sión, no en Sión, que es donde reinó David. Sobre Sión está el reino de aquél de quien está dicho por el mismo David: Juró el Señor a David esta promesa, que no se retractará: Colocaré sobre tu trono a tu descendencia[10]; de quién también está dicho por otro profeta: “Su imperio será amplificado, y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de David[11]. Por doquier se lee “sobre”. Así, pues, el Señor Dios le dará la sede de su padre David, no típica sino verdadera, no temporal sino eterna; no terrena sino celeste: la Iglesia Militante y Triunfante. Ésta se desprende, anticipamos, del “Ave Maria” y del “Ecce ancilla Domini”.

Vimos que toca a esta paz ser fructuosa. Lo será sin falta: a quien pondrás por nombre Jesús … y reinará en la casa de Jacob, por la que se entiende la Iglesia de Dios Llamaráse nuestro Príncipe de paz Jesús, esto es Salvador; porque es condición de este tratado, que se encarga de reñir todas las batallas y encuentros de su Pueblo, y sacarle de todo a paz, y salvo. Y será su reinado en la casa de Jacob, esto es, como el de Jacob, que nunca supo que era ser vencido; de cuatro pendencias que tuvo, siempre salió vencedor. Antes aprendió a vencer, que a vivir, porque había de vivir para reinar. Jacob en hebreo significa Suplantador, y feliz es quien suplante al diablo de su corazón. Instrúyenos aquí Cornelio Alápide: La casa de Jacob es la Iglesia[12], o el pueblo fiel, que otrora, en tiempos de nacer Cristo, eran los hijos y descendientes de Jacob. Dios dio a Cristo este reino de la Iglesia en acto primero en su Encarnación, en acto segundo lo inició Cristo por su predicación, seguidamente fue promovido por la predicación de los Apóstoles, fue implantado por la Crucifixión, fue llevado a perfección tras la Resurrección, la Institución del Papado, la Ascensión y la Sacramentación, y quedará completamente consumado y glorioso tras el Juicio Universal en el Cielo.

Vimos que la paz abierta por el Avemaría es estable por el trono de David, de quien Jesucristo es el Hijo por excelencia y fructuosa por la casa de Jacob, de quien Jesucristo es una reduplicación, pues próximo a la muerte, demostró a sus doce discípulos, como a hijos, su ardentísimo amor; queda pues, para ser cabal, que sea decente. ¡Y vaya si lo es! Hoy la logramos tan grande, que podemos resumirla en que ella nos es ofrecida por Dios con condición y confirmación del desposorio indisoluble de Dios Padre con la naturaleza humana y de Cristo con la Iglesia, supeditado al virtuosísimo consentimiento de María misma. ¡Cómo no habría decencia, pura decencia y super-decencia, en la plenitud de la Gracia y en la Maternidad Divina! Han corrido ríos de exquisita tinta sobre este tema a lo largo de los siglos. Nos limitaremos a insertar palabras de Dante al respecto:

                              Virgen y madre, la hija de tu hijo,
                              Alta y humilde como no hay criatura,      
                              Del acuerdo eternal término fijo! 
                              Tú ennobleciste la humanal natura,        
                              Tanto, que en su grandeza el Hacedor, 
                              No desdeñó encarnar su propia hechura.          
                              Se reanimó en tu vientre el santo amor, 
                              Y á su calor, en paz eternamente.          
                              Ha germinado esta divina flor.[13]

Dios quiso formarse la Iglesia del género humano, al que ennobleció hasta el punto de enviar a su Hijo encarnado para redimirnos por su muerte que pasáramos a ser nosotros su cuerpo y él nuestra cabeza, y hasta el punto de hacernos templo del Espíritu Santo. Pero habría sido en grado extremo indigno de la magnificencia de Dios edificar tan magníficamente a la Iglesia si aquel sobre quien ella se edifica [—el Papa—] pudiera fallar. La Iglesia no sería ni estable, ni magnífica, ni una. Además, Dios quiso triunfar sobre el demonio y los réprobos valiéndose de la Iglesia como de un ejército cuyo jefe es el mismo Cristo, que la dirige por sí mismo en la dimensión invisible de la Gracia y la dirige por el Papa en la dimensión visible del gobierno y la enseñanza. Sería ignominioso para el ejército y para el mismo Dios que la Iglesia fuera vencida.

Si por una parte la hermosura de todas las cosas —que debemos creer con seguridad que emana de alguna fuente de auténtica hermosura— y por otra parte una conciencia interior de difícil identificación, exhortan, por así decir, a los mejores ánimos a buscar y servir a Dios, no debemos desesperar de que exista alguna autoridad, constituida por Dios mismo, sobre la cual apoyarnos, como sobre un escalón seguro, para acercarnos a Dios. Basta considerar qué es el hecho de que Dios inhabite su Iglesia magníficamente y difunda en ella y por ella los rayos de Su verdad —lo cual también es llamar a todo el mundo por ella y en ella a un culto magnífico y solidísimo de su verdad— para convencerse de que debe haber tal autoridad y estabilidad en lo que es su Iglesia.

Si Dios hace todo en número, peso y medida, debe ordenar muy por encima de toda otra obra la redención por la cual Él mismo se hizo hombre. Pertenece a la hermosura de la obra y de su orden que sea grande, distinguida por diversas partes, y que sea una, sin discontinuidad alguna, y que desde su principio pasando por el medio hasta su fin último esté dispuesta en suma proporción: cosas que no pueden darse si desde el inicio de la Iglesia que empezó en Abel hasta que Cristo venga a juicio hubiera alguna discontinuación de la misma Iglesia.

Además, cuando las cosas quedan privadas de su fin, se dicen vanas y desordenadas. Pero Dios hizo todo para el uso de los hombres, y máxime de aquellos de quienes sería hecha la Ciudad Superior. Así, no quedamos plenamente ordenados a la alabanza del Dios altísimo ni al fin último de la felicidad eterna sino por intermediarios elegidos por Él. Por lo tanto, en la hora en que estos intermediarios no sirviesen a aquellos sino sólo a los réprobos, en esa misma hora quedarían de algún modo inutilizados para su fin.

Empero,

Cristo es la Cabeza que mueve y dirige todo el organismo de su Cuerpo Místico, sobre el que ejercita su triple potestad de enseñar, gobernar y santificar el cuerpo entero y cada uno de quienes lo componen [14]

Esta triple potestad es la ley primordial de toda la Iglesia Infalible:

Nuestro Señor Jesucristo estableció como ley primordial de toda la Iglesia la triple po-testad, que dio a los Apóstoles y a los sucesores de éstos, a saber la potestad de en-señar, de gobernar y de santificar a los hombres.[15]

En este caso “ley” significa tanto “regla o principio que emana de Dios y que se impone al hombre y a su consciencia” como “regularidad general constatable”. La triple potestad de Cristo es imprimida a la consciencia de la Iglesia, y, al mismo tiempo,  por una cierta paradoja, es elemento esencial de la misma naturaleza de ella, de manera que una institución a la que le falta la triple potestad aún en su primer principio por parloteársele en la oficialidad de ella el error y tiranizársela hacia el antropocentrismo y profanársela en sus ritos, no puede ser la Iglesia de Cristo.

Retomemos nuestro tema del Avemaría y la Encarnación con relación a la Iglesia Católica:

  • La Iglesia continúa no sólo aquello que la Encarnación obra, sino aquello que la Encarnación es, con lo cual tiene, en cierto sentido, una sobrena-turalidad elevada al cuadrado. Explicitemos:

    a) La Iglesia continúa la Encarnación en su constitución misma. Así como en el Verbo encarnado hay algo visible y algo invisible y lo visible nos re-vela el principio que lo anima, así el cuerpo de la Iglesia está animado por el Espíritu de Jesucristo.
    b) La Iglesia continúa la Encarnación en su fecundidad. La Iglesia no sólo es el Cuerpo Místico de Cristo, sino que él es el Esposo fecundo de ella, y si ella en cuanto cuerpo está subordinada a su jefe, como esposa parti-cipa en su majestad, ejerce su autoridad y es dispensadora de las gra-cias.
    c) La Iglesia continúa la Encarnación en la predicación de la Verdad y nos habla con la infalible autoridad de Jesucristo.
    d) La Iglesia continúa la Encarnación en la comunicación de la vida, en particular por vía de los sacramentos.
    e) Por fin, la Iglesia continúa la Encarnación en la divina mediación de la plegaria y el sacrificio. [16]

Pues bien, la casa de Jacob se refiere místicamente a la Santa Iglesia Católica, en la cual reina Cristo invisiblemente por sí mismo, y visiblemente por sus papas.

Así, el contenido de las palabras del Ángel habría implicado lógicamente este otro expandido:

Sábete que has de concebir en tu seno, y tendrás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de su padre David, y sentado en él reinará en la casa de Jacob, Pedro, León, Gregorio, y los Píos eternamente, y su reino no tendrá fin.

Si los Pseudopapas del Conciliábulo, Arquitectos y Focos de Apostasía Universal Sistemática hubieran sido papas, en las palabras del Arcángel estaría implicado el siguiente horrendo contenido, destructor de todo el mensaje:

Sábete que has de concebir en tu seno, y tendrás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de su padre David, y sentado en él reinará eternamente en la casa de Jacob, Roncalli, Montini, Luciani, Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio, casa en la que subsiste Su Iglesia extendida a la casa de Lutero y Loisy, casa donde el hombre es la principal ocupación, casa donde se destruye su Casa y se niega su Trono, y casa donde su reino no tiene lugar ni inicio.

¡Los pseudopapas, si fueran papas, destrozarían retroactivamente el Avemaría ocasionadora de la entrada en existencia del Salvador del género humano! ¡Pudrirían, burlarían, envenenarían la promesa, por estar incluidos en el Trono de David y la Casa de Jacob! Pero eso que harían si fueran papas, es imposible que lo hagan, por lo que NO son papas. En términos lógicos, dado el modus tollens, negado el consecuente, se niega el antecedente.

Si el Reinado eterno de Cristo anunciado a María por el Arcángel incluye como reyes a personajes destructores, desviadores y desfiguradores de ese Reinado, dicho Reinado es vano, contradictorio, destructivo y perecedero. Pero como el Reinado eterno de Cristo anunciado a María no es en absoluto ninguna de esas cosas, no incluye a aquellos personajes.

Si vale el Avemaría, entonces ellos no son papas. Afirmado el antecedente, se afirma el consecuente. El valor, la fuerza, la energía incomprensiblemente intensa del Avemaría, revela claramente la no-papalidad de los usurpadores neomodernistas de Roma: en otras palabras, el Avemaría los echa de plano y vehementísimamente a los pseudopapas de la Santa Sede

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ESCRITOS CATÓLICOS

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[1] Lc 1, 28ss.
[2] Jn 1, 14.
[3] Is, I, 8.
[4] Ps 84, 12.
[5] Ambrosius Catharinus, ib., 2ª disputatio, § 5.
[6] Contra errores Græcorum, pars 2 pr.
[7] Sl 79, 2.
[8] Is 6, 1.
[9] Sl 2, 6.
[10] Sl 132, 11.
[11] Is 9, 6.
[12] Beda, Tito y otros.
[13] Dante, Divina Comedia, Paraíso. Canto XXXIII, 1ss.
[14] Pío XII, Discurso para la Clausura de los Ejercicios Espirituales en el Vaticano, 9 de diciembre de 1944.
[15] Encíclica «Mystici corporis»: AAS 35 [1943] 209).
[16] Dictionnaire de Théologie catholique, artículo: Jésus-Christ, col. 1359ss