CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

SANTIAGO APÓSTOL Y
EL AÑO COMPOSTELANO
Pbro. Dr. Raúl Sánchez Abelenda


SANTIAGO APÓSTOL Y EL AÑO COMPOSTELANO - Pbro. Dr. Raúl Sánchez Abelenda


Trabajo presentado por el R.P. Raúl Sánchez Abelenda en las Segundas Jornadas sobre el V° Centenario de la Fe Católica en América: "La obra misionera después del año 1492" (Buenos Aires, 9 al 11 de octubre de 1993).


INTRODUCCIÓN

Corresponde explicar por qué aludimos al Apóstol Santiago y a este Año Compostelano al finalizar el año del V° Centenario del Descubrimiento, Conquista y Evangelización de América, iniciado el año pasado con unas jornadas similares a las que en estos momentos nos congregan. Sobre todo, de la evangelización de América, es decir, la obra misionera llevada a cabo por la España Católica descubridora a partir de 1492. Dijimos el año pasado que si —por un azar meramente político— España no hubiera descubierto América, sólo ella podía evangelizarla. Esto lo dejó dicho el insigne historiador de España, don Claudio Sánchez Albornoz.

Aquí llegó, entonces, la España de finales del siglo XV, específicamente una España tardíamente medieval, fructificada con plenitud de Cristiandad; individualmente la España de los Reyes Católicos, la España de la impar Isabel de Castilla.

Los Reyes Católicos, sin mezclar los géneros, identificaron la unidad nacional lograda por su monarquía federativa con la unidad religiosa de sus reinos, derivada luego sin solución de continuidad en la amplitud de los mismos en el Nuevo Mundo descubierto, conquistado y evangelizado, es decir, hecho Cristiandad, prolongada Cristiandad que resarcía así la ruptura y pérdida grande de la misma efectuada por la Reforma luterana a instancias de un espíritu moderno, opuesto y enemigo del espíritu del Evangelio de Jesucristo. Y esa España, desde las entrañas de la reconquista de su patrio solar, de cara no sólo frente al invasor sino también de cara a un usurpador de su fe.

Tal vez España no hubiera descubierto su profunda identidad católica sin el desembarco de Tariq el 28 de abril del año 711, y sin este desembarco no hubiera atracado sus tres carabelas en estas playas americanas el 12 de octubre de 1492. La idea, el proyecto y la ejecutoria de reconquistar su patria del yugo musulmán, enemigo acérrimo de su fe, brota y comienza a realizarse promediando el siglo VIII.

En estos primeros años de la reconquista ocurrió la batalla de Clavijo, en las anfractuosidades de Logroño —cuna de Castilla desde el 800— , en el año 834, ocasión en que los ejércitos cristianos al mando de Ramiro I de León, degollaron a más de 60.000 moros, aleccionados y ayudados por la presencia del Apóstol Santiago, que fue desde entonces llamado e invocado Santiago Matamoros. Y este Patrón de España tiene su sede, desde su sepulcro, en Compostela.

Desde esa fecha hasta hoy, la España Católica y el Apóstol de Cristo marchan al unísono, son indisolubles, y así vinieron a América, que se honra en tantos elementos geográficos, pueblos y ciudades con el nombre del Protomártir de los Apóstoles de Nuestro Señor Jesucristo. Y como no ha dejado ni dejará Compostela, Santiago de Compostela, corazón católico de España y centro de peregrinaciones, oración, penitencia y recogimiento de la Cristiandad medieval, junto con Roma y Jerusalén, está integrada con toda la Hispanidad —en este Mundo Nuevo, nuestra América, que la forma— recibiendo la lumbre de su fe, la fuerza de su esperanza y el fuego de su caridad. Y sus años santos —como el actual Año Compostelano— nos brindan estos dones celestiales que rejuvenecen nuestros ideales de Hispanidad, aún en los momentos de eclipses aciagos como el presente. Nos permiten, con la fuerza de su espíritu, soplar los rescoldos hispanoamericanos de Cristiandad.

Estas jornadas nos permiten, para bien de nuestra Iglesia y de nuestras patrias, tomar simbólicamente el bordón jacobeo —ese bastón alto de romero con una punta de hierro y botones que lo adornan-—; la vieyra o concha del peregrino, a guisa de escudilla para alimentar nuestra fe; la esclavina del peregrino sobre los hombros, para defendernos de los malsanos rayos del sol de mediodía, que atiza nuestro enemigo; y sobre todo, la Cruz floreteada o trebolada que nos incita a la meta victoriosa.

Pero, ¿cuál es el sentido de esta simbiosis entre el Apóstol que evocamos y la Hispanidad? ¿Cuál es su historia, cuál es su presencia espiritual, vale decir, su significado y simbolismo?

SANTIAGO EN ESPAÑA

El hijo de Zebedeo y Salomé, galileo como su hermano Juan el Evangelista — llamados ambos, por su temperamento fuerte y casi irascible, "hijos del trueno" (boanerges) por su Maestro Jesús de Nazareth— evangelizó la península ibérica.

¿Y si esto es una leyenda o carece de la documentación histórica, como por ejemplo la prisión de San Pablo en Roma? No interesa. En las leyendas —escribió Chesterton— se contiene más historia que en las crónicas, porque lo que interesa es la historia que fue viva y nos da vida. Y durante su evangelización peninsular tuvo este Apóstol la dicha, en las márgenes del Ebro, de ser visitado, consolado y estimulado por la Madre del Salvador antes de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.

Ahí están Zaragoza, con la Virgen del Pilar, Patrona de España y de la Hispanidad, y Santiago de Compostela, constelado de estrellas porque las estrellas son la diadema de Nuestra Señora. Protomártir San Esteban diácono, Reina de los Mártires Nuestra Madre Celestial, y primer Mártir entre los Apóstoles Santiago, degollado en su patria palestina hacia el año 41/42 por Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, el asesino de los Santos Inocentes, y hermano de Herodías, quien pidió la cabeza del Bautista, y que encarcelara también al Primer Vicario de Cristo.

Y para no jubilarnos de la historia, consta ya en el siglo IX que las reliquias de Santiago el Mayor (el Menor fue obispo de Jerusalén, y alcanzó el martirio ya nonagenario) adquirían una gran veneración en Compostela, adonde sin duda habían sido trasladadas cuando los árabes se hubieron apoderado de la Ciudad Santa.

Desde entonces, durante toda la Edad Media, las peregrinaciones a la tumba de Santiago en Galicia fueron de las más populares, y verdaderamente dignas de quien ocupó lugar tan predilecto en el Corazón del Divino Salvador. Como también es magnífica su catedral románica de los siglos XI al XIII, cuyo Pórtico de la Gloria nos hace apetecer la de la visión beatífica.

Por eso, más que del descubrimiento del cuerpo de Santiago, se debe hablar de la propagación y consagración del culto de Santiago. Se trata de un hecho que ocurrió en los últimos lustros del siglo VIII y en los primeros del IX. Hacia la mitad del siglo VII se difundió por el mundo occidental un opúsculo intitulado "Breviarium Apostolorum" que contenía unas biografías muy breves de los Apóstoles.

En su traducción latina (el original del siglo VI estaba escrito en griego) se registra la noticia de que Santiago predicó en España y fue a morir en Jerusalén. Así el inglés Aldhelmo escribió, hacia el año 690, este verso: "Primitus hispanias convertit dogmate gentes" San Julián de Toledo no aceptó esta versión, pero vino luego la prueba terrible de la invasión musulmana, el incendio de los manuscritos, la disolución de las escuelas, la extinción de la tradición isidoriana. Pero la noticia del "Breviarium" sobrenada a toda aquella confusión, y el ambiente del reino de Asturias, propicio al mesianismo y obsesionado por la urgencia de una protección divina, va a hacer triunfar la presencia evangelizadora del Apóstol en esa patria entonces asolada y desolada: el Beato de Liébana —primer escritor de la España de la Reconquista— la registra y la acepta.

Conforme, por ende, al "Breviarium Apostolorum" Santiago el Mayor evangelizó España. El autor citado tiene gran prestigio y refutó con eficacia a Elipando, el hereje arzobispo de Toledo, conforme los estudios de Marcelino Menéndez Pelayo. Hombre de gran cultura y amplias relaciones gubernamentales, ve que la presencia espiritual de Santiago es un factor importantísimo para la unidad de fe y espíritu de reconquista de sus connacionales.

Y surge la consecuencia: Santiago, Patrón de España. "¡Oh, Apóstol dignísimo y santísimo —dice un himno de la época— cabeza refulgente y dorada de España, defensor poderoso y patrono especialísimo!"

Todavía no es Santiago Matamoros, pero al arreciar los ataques musulmanes en Galicia, Álava y Asturias, los pueblos de Alfonso II el Casto (791-842), que hizo de Oviedo capital de esos reinos, y el rey mismo, imploran con confianza su protección y salen incólumes. Se afianza y dilata la devoción del Apóstol llegando voces, entonces, de que en un valle del extremo de Galicia, cerca del océano, se veneraban sus reliquias; y el "Martirologio de Floro" atestigua que se trataba del cuerpo entero.

Este gran descubrimiento cambiará la faz de la España medieval y aún de la Cristiandad entera. Ocurren sucesos milagrosos entre las luminarias de los pinos, indicando el lugar: "Campus Stelloe": y surge la iglesuca de Compostela como santuario del Apóstol sobre la anterior pequeñita llamada de Santa María. ¿Cómo habían llegado allí tales reliquias? Tal vez por un viaje marítimo que había durado seis días, desde Joppe o Jafa: milagrosa travesía ésta por lo rápida, entresacada de la leyenda de los "siete varones apostólicos". Pero ocurre que primero estuvieron tales reliquias en Mérida (Badajoz) y remontando el Guadiana —entonces navegable— siguiendo luego toda la costa occidental de la península, pudieron arribar en seis días al abrigo de la ría de El Padrón.

Y estas reliquias, junto con otros tesoros en manos de cristianos, clérigos o monjes emeritenses, que abandonaron hacia el norte su ciudad —Mérida— an­tes de que llegara Muza, jefe de la invasión musulmana. En adelante —y hasta hoy— Santiago el Mayor está en Compostela, faro y hogar de la fe católica de Es­paña, palenque ante el invasor y correa de transmisión de esta fe por los cuatro rumbos de la hispanidad, que ha hecho de la "communitas orbis" la "christianitas orbis" hasta los extremos más dilatados de Hispanoamérica.

SIGNIFICADO Y SIMBOLISMO

¿Qué fluye de esta simbiosis entre Santiago y la Hispanidad?

En la gloria del Altísimo el amor inflama a los Serafines, la Sabiduría inunda de luz a los Querubines y la excelsa Majestad divina abisma a los Tronos; y se multiplica esta triada en toda la jerarquía angélica; y llega hasta nosotros, gratui­tamente redimidos por la Fe, la Esperanza y la Caridad, adorando de triple mo­do a nuestro Creador y Redentor y Santificador como los Serafines, los Querubi­nes y los Tronos. Tríada manifiesta en el Colegio Apostólico: Pedro, la Fe; San­tiago el Mayor, la Esperanza; y su hermano Juan, la Caridad. Los tres testigos de la resurrección de la hija de Jairo, de la Transfiguración de Jesús, y acompañantes inmediatos de su Agonía en el Huerto.

Encarcelada la Fe, en la persona de Pedro, por Herodes Agripa; la Esperanza es degollada con el degüello de Santiago; pero sobrevive la Caridad en la perso­na de Juan que —nonagenario— pisa los umbrales del siglo II después de Cris­to, no sin antes haber tenido en Roma su martirio en la caldera de aceite hirvien­do, de la cual Dios lo sacó ileso y rejuvenecido. Esta Caridad es la que configu­ra todas las virtudes, toda la vida cristiana —la de Cristo en su Iglesia y en cada uno de nosotros, miembros de su Cuerpo Místico—, que no se da sin la gracia santificante que nos hace partícipes de la Vida Trinitaria, y que será la única —siendo la misma— que pervivirá en la Vida Eterna.

La Fe encarcelada, pero liberada luego. ¿Y la Esperanza...? ¿Degollada y en el olvido? Santiago batalló por la causa de la Cristiandad en la batalla de Clavi- jo: Santiago Matamoros. Y desde Compostela y desde el Pilar —donde se le apa­reció la Santísima Virgen en carne mortal— se ha irradiado en este Continente de la Esperanza —en frase primera de Pío XII— en esta Hispanoamérica, tierra por antonomasia de Nuestra Señora. {Santiago el Luchador (que eso significa tu nombre), España e Hispanoamérica —la Hispanidad— son tu herencia! Y si el "Camino de Santiago" es símbolo de vía purgativa, que él nos confiera la Esperanza que simboliza.

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PADRE RAUL SANCHEZ ABELENDA