CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

CÓMO COMENZÓ EL CONCILIÁBULO
LLAMADO "CONCILIO VATICANO II"


Como comenzó el conciliábulo Vaticano

El Concilio Vaticano II fue inaugurado, como estaba previsto, el 11 de octubre de 1962, en medio de un extraordinario despliegue de esplendor. Todo el fastuoso protocolo y el complejo ceremonial papal fueron puestos en movimiento para subrayar la importancia de la asamblea que comenzaba con la imponente procesión de los padres conciliares (para los cuales se habían preparado tribunas a ambos lados de la inmensa nave de la basílica de San Pedro), cerraba el cortejo majestuoso, el Papa, que iba sobre la silla gestatoria, revestido de los más ricos ornamentos y rodeado de la familia y la corte pontificias.

Con tal impresionante procesión inicial el mundo era testigo -gracias a la televisión- de un espectáculo que, paradójicamente, ya no iba a repetirse después de 1965, como efecto de ese mismo evento cuyo comienzo señalaba tan brillantemente en esta mañana de otoño. Juan XXIII tenía plena confianza en el concilio y se negaba a escuchar las voces discordantes, que le exasperaban. Hasta tal punto que, las fustigó en el discurso inaugural “Gaudet Mater Ecclesia” con estas duras palabras:

En el cotidiano ejercicio de Nuestro pastoral ministerio, de cuando en cuando llegan a Nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia”.

Y concluia sobre este asunto de un modo tajante: “Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente". Tal vez estas palabras acabaran por envalentonar a una minoría muy bien organizada que, nada más empezar los debates, saboteó el reglamento del Concilio para cambiar la organización y el método de trabajo en su propio provecho.

Es muy ilustrativo cuanto sobre esta maniobra refiere el Verbita P. Ralph Wiltgen en su inestimable libro The Rhine flows into the Tiber (El Rin se precipita en el Tiber). El 13 de octubre, dio comienzo la actividad en el seno del Vaticano II. Se trataba de elegir a los miembros de las diez comisiones conciliares aparte de los que eran de designacion directa por el Papa. Al efecto, se repartieron entre los padres conciliares tres folletos preparados por el secretariado general del Concilio (cuyo titular era Mons. Pericle Felici). En el primero estaban los nombres de todos los padres que eran elegibles, a menos que no hicieran ya parte de la organización central; en el segundo, la lista de los que habían tornado parte activa en la preparación del Concilio; el tercero se hallaba en blanco para que los padres escribieran en él los nombres de sus propios candidatos a las comisiones. Cuando Mons. Felici se hallaba explicando el procedimiento para la designación, se alzó el cardenal Achille Lienart (1884-1973), arzobispo de Lille, el cual -animado para ello por el cardenal Gabriel-Marie Garrone (1901-1994), arzobispo de Toulouse- lo interrumpió reclamando que las votaciones fueran diferidas varios días. Inmediatamente recibió el apoyo del cardenal Frings de Colonia, en medio del aplauso general de la concurrencia. Mons. Felici cedió, postergándolas hasta el 16. El día 15, el secretariado general recibió 34 listas, entre las cuales se hallaba la del cardenal Frings con 109 nombres, representativos de los países de la que entonces se denominó “Alianza Europea” (constituida principalmente por obispos de Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Austria y Suiza).

Esta agrupación contaba con un soporte teológico muy importante en sus periti, en su mayoría intelectuales de ideas que podían juzgarse avanzadas, de acuerdo con los criterios de la Humani generis de Pio XII. De hecho, los mas significativos entre ellos habían sido los promotores de la Nouvelle Theologie: Karl Rahner (1904-1984), Aloys Grillmeier, S. I. (1910-1998), Bernhard Haring, C. SS. R. (1912-1998), Otto Semmelroth, S. I. (1912-1979), Johannes Schiitte, S. V. D. (1913-1971), Marie-Dominique Chenu, 0. P. (1895-1990), Henri de Lubac, S. I. (1896-1991), Yves Congar, 0. P. (1904-1995), Jean Danielou, S. I. (1905-1974), Gerard Philips (1899-1972), Willy Onclin (1905-1989), Edward Schillebeeckx (1914) y Jan Brouwers (1918). Otros mas jovenes eran: Hans Kung (1928), nombrado directamente por el beato Juan XXIII, y Joseph Ratzinger, llevado por el el cardenal Frings juntamente con el secretario personal de éste (y futuro Obispo de Essen) Hubert Luthe (1927).

Se trataba de hacer que sus posiciones prevalecieran mediante la introducción en las comisiones conciliares de una nutrida representación de la “Alianza Europea”. El 16 de octubre, día de la reanudación de las votaciones, se comenzaron a estudiar los nombres de las listas. El día 20, el Papa decidió cambiar el método de elección y estableció la mayoría simple en lugar de la absoluta: con esto se quebraba la resistencia que hubieran podido oponer los padres más conservadores. Gracias a ello, la “Alianza” pudo obtener un 49% de presencia en las comisiones, proporción que se elevó al 80% con los nombramientos directos por parte del Juan XXIII (que designó un número mayor del originalmente previsto).
Simultaneamente, una nueva intervencion del cardenal Frings -apoyado por los cardenales Lienart y Bernardus Johannes Alfrink (1900-1987), arzobispo de Utrecht- el 15 de octubre había hecho postergar la discusion de los cuatro primeros esquemas (sobre las fuentes de la Revelación, la salvaguardia del depósito de la Fe, el orden moral cristiano y los estados de vida), que habían sido atacados por el P. Schillebeeckx. En la prensa se criticaba a los esquemas de la comisión preparatoria de ser “demasiado escolásticos, demasiado jurídicos, demasiado canónicos, demasiado centrados sobre la moral e insuficientemente bíblicos” (Le Monde, 16 de octubre de 1962). El único que fue aceptado de momento para la discusión fue el de la Liturgia, pero no tanto por sus méritos cuanto porque, suscitando la discusión sobre este tema, prácticamente se borraba la impresión de que la Santa Sede -como recordaría Monseñor Enrico Dante- era la única con derecho a legislar en materia litúrgica.

Poco a poco, todos los esquemas acabaran siendo descartados y reelaborados por los periti. El largo, paciente y fecundo trabajo de las comisiones antepreparatoria y preparatoria del Concilio Vaticano II no había servido para nada. Las consultas que se habían hecho a los obispos y las respuestas de estos, que reflejaban las reales preocupaciones de la Iglesia viva, eran descartadas a favor de las opiniones de unos teólogos (la mayoría de ellos sin una gran experiencia pastoral) que creían reflejar que se juzgaban las expectativas reales del Pueblo de Dios. El Vaticano II se convirtió de esta manera en un laboratorio de ensayo. Por primera vez, un aula conciliar no era el escenario más importante en el que se decidían las cuestiones presentadas a un concilio: lo eran los conventículos y los pasillos fuera de ella.

Además, la prensa desempeñó un papel nada desdeñable en la conducción de la opinión pública hacia posiciones favorables a los cambios. Paralelamente, los padres conciliares eran bombardeados con una profusa documentación (facilitada por una agencia internacional de información —IDOC— financiada por los episcopados holandés y alemán), en la que se ventilaban, fuera del debate propio, las más diversas cuestiones, que se suponía debían ser tratadas dentro del Concilio y no fuera. Las octavillas estaban a la orden del día y eso, como mínimo, influenciaba a los padres indecisos, pues nadie quería aparecer como un retrógrado recalcitrante. Cuando se clausuró la primera sesión del Vaticano II, el 8 de diciembre de 1962, Hans Küng ya podía declarar a los periodistas estadounidenses: “Lo que no había sido sino el simple sueño de un grupo de vanguardia empapaba ahora toda la atmósfera de la Iglesia”. Por su parte, el Prof. Ratzinger manifestaba que el hecho de no haberse aprobado ningún documento constituía “un resultado sorprendente y positivo”.

Adaptado de: "Recordando el Concilio"