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CLÉRIGOS DE ORIGEN JUDÍO AYUDARON A IMPULSAR LAS REFORMAS DEL VATICANO II


Johannes Oesterreicher
Johannes Oesterreicher, autor del documento conciliar Nostra Aetate. Nacido en 1904 en el hogar del veterinario hebreo Nathan y su esposa, Ida, en Stadt-Liebau, una comunidad de habla alemana al norte de Moravia.


(Texto transcrito de la revista hebrea Forward/ traducción de Foro Católico)

Hace 50 años: El Vaticano II cambió la postura del Vaticano en asuntos clave, incluyendo las enseñanzas de la Iglesia respecto a los judíos. Muchas de las fuerzas intelectuales detrás de las reformas pertenecían a conversos del judaísmo.


PorJohn Connelly

Publicado el 30 de julio de 2012, número de agosto 3, 2012

Hace cincuenta años, los obispos católicos se reunieron en roma para un concilio que “actualizaría” a la iglesia haciéndola hablar más directamente al mundo moderno. Después de tres años de deliberación, los obispos votaron y aceptaron declaraciones que permitían a los fieles asistir a misas en sus propias lenguas, alentaban la lectura de la escritura por parte de los laicos y suplicaba a los católicos que pensaran en otras religiones como fuentes de verdad y gracia. El concilio se refería a la iglesia como el “pueblo de Dios” y sugería un orden más democrático en las relaciones entre los obispos y el papa. También se aprobó una declaración sobre las religiones no cristianas, conocido por su título en latín, Nostra Aetate (“En nuestros tiempos”). La parte cuatro de su declaración, la declaración sobre los judíos, resultó ser muy polémica, y en varias ocasiones estuvo a punto de ser rechazada por la oposición de los obispos conservadores.

Nostra Aetate confirmó que Cristo, su madre y los apóstoles eran judíos, y que la iglesia tenía su origen en el Antiguo Testamento. Negaba que los judíos fueran los responsables de la muerte de Jesucristo, y condenaba todas las formas de odio, incluyendo el antisemitismo. Citando la Carta de San Pablo a los romanos, Nostra Aetate llamó a los judíos los “muy amados” por Dios. Hoy en día estas palabras parecen provenir del sentido común, pero representaban una revolución en la enseñanza católica.

A pesar de la oposición dentro de sus filas, los obispos sabían que no podían permanecer en silencio en relación a los judíos. Cuando el documento se diseñó en mayo de 1965, uno de ellos explicó por qué debían seguir adelante con él: “El contexto histórico: 6 millones de judíos muertos. Si el concilio, que tenía lugar 20 años después de esos acontecimientos, guardaba silencio al respecto, evocaría inevitablemente la reacción expresada por Hochhuth en ‘El Vicario’”. Este obispo se refería a la obra de teatro de Rolf Hocchuth, donde se habla sobre el silencio y el desinterés de Pío XII en lo concerniente al Holocausto. Esa ya no era la iglesia en la que esos obispos querían vivir.

El problema ahí estaba, ellos no habían poseído una lengua propia en la que pudieran romper el silencio. Más que muchas de las disciplinas académicas, la teología es un complejo matorral con cada rama protegida por un círculo de expertos. Aquellos que querían entender las complejidades en las relaciones de la iglesia con los judíos tenían que estudiar escatología, soteriología y patrística, el Antiguo y el Nuevo Testamento, y la historia de la iglesia a través de todos sus periodos. Entonces, los obispos se encontraron confiando en un pequeño grupo de expertos que se habían preocupado lo suficiente para reunir las inusuales calificaciones intelectuales para esta tarea.

Tal y como lo descubrí durante la investigación para mi libro más reciente, “From Enemy to Brother: The Revolution in Catholic Teaching on the Jews, 1933-1965[1]”, dichos expertos no empezaron su trabajo en los años sesenta. Desde sus puestos en Austria y Suiza, varios habían intentado formular los argumentos católicos contra el antisemitismo bajo la sombra del nazismo tres décadas antes. Eran sumamente contrarios al catolicismo, tanto como uno pueda imaginar; no sólo eran centroeuropeos lo suficientemente valientes para contradecir a Hitler en su tiempo, además cabe mencionar que no habían nacido como católicos. Los católicos que ayudaron a la iglesia a reconocer la santidad permanente del pueblo judío eran conversos, en su gran mayoría de familias judías.

Uno de los más importantes fue Johannes Oesterreicher, nacido en 1904 en el hogar del veterinario judío Nathan y su esposa, Ida, en Stadt-Liebau, una comunidad de habla alemana al norte de Moravia. De niño, formó parte del movimiento scout sionista y fue elegido para fungir como representante de los judíos en su escuela preparatoria, pero entonces, por razones aún inexplicables (aunque más adelante el diría que “se enamoró de Cristo”), Oesterreicher se interesó en escritos cristianos (cardenal Newman, Kierkegaard y los Evangelios), y con la influencia de un sacerdote que después sería martirizado por los Nazis (Max Josef Metzger) se convirtió al catolicismo y luego se hizo sacerdote. A principios de los años treinta, tomó la iniciativa de la Diócesis de Viena para convertir a los judíos, esperando poder convertir a familiares y amigos. En esto, tuvo poco éxito, en cambio, en donde tuvo un gran impacto fue en reunir otros pensadores católicos que se opusieran al racismo nazi. Para su sorpresa, Oesterreicher se topó con este racismo entrando en el trabajo de liderar a estos pensadores católicos, quienes pensaban que los judíos estaban dañados racialmente y no podían recibir la gracia del bautismo. Sus amigos en esta tarea incluían a otros compañeros conversos como el filósofo Dietrich von Hildebrand, el teólogo Karl Thieme, y el filósofo político Waldemar Gurian. En 1937, Gurian, Oesterreicher y Thieme redactaron la declaración católica sobre los judíos, alegando, contra los racistas, que los judíos llevaban consigo una santidad especial. A pesar de que constituía una enseñanza ortodoxa, no hubo un sólo obispo que lo firmara (ya no digamos el Vaticano).

Oesterreicher escapó de Austria cuando entraron los nazis, en 1938, y continuó su trabajo desde París, transmitiendo sermones en alemán hacia el Reich, informando a los católicos que Hitler era un “espíritu sucio” y el “antípodo en forma humana”, y describiendo los crímenes nazis cometidos contra los judíos y los polacos. En la primavera de 1940, apenas escapó de un equipo de avanzada de agentes de la Gestapo, y por medio de Marsella y Lisboa, se abrió camino hacia Nueva York y finalmente a la Universidad Seton Hall, donde se constituyó en experto de relaciones entre judíos americanos y la Iglesia Católica.

De forma gradual, Oesterreicher abandonó el enfoque misionero hacia los judíos para llamar, cada vez con más frecuencia, “ecuménico” a su trabajo. Tanto él como otros cristianos que pensaban igual que él, intentaron descubrir cómo aterrizar su creencia en la continua vocación del pueblo judío en la escritura Cristiana. Si la batalla antes de la guerra se libró contra las suposiciones superfluas del racismo nazi, la batalla después de la guerra se libró contra las arraigadas creencias de antijudaísmo cristiano. En el periodo anterior, los conversos alegaban que, sí, los judíos pueden bautizarse”. En el segundo periodo, aun cuando continuaban creyendo que los judíos debían bautizarse para escapar a la maldición de negar a Cristo, estos pensadores empezaron a considerar la naturaleza de esta supuesta maldición.

Si la historia constituía una serie de pruebas enviadas para castigar a los judíos por no haber acepado a Cristo, entonces ¿qué significado debía tener Auschwitz? ¿Acaso eran los nazis instrumentos de la voluntad de Dios, cuyo propósito era hacer que los judíos volvieran su rostro a Cristo? Responder sí a esta pregunta resultaba obsceno, pero esa era la respuesta que daba la teología católica en 1945. En los años posteriores, los conversos tuvieron que orquestar una revolución en una Iglesia que se declaraba inmutable. Lo lograron orientando la enseñanza de la Iglesia conforme a la carta de Pablo a los Romanos, capítulos 9-11, en donde el Apóstol, sin hablar de bautismo o conversión proclama que los judíos seguían siendo “amados por Dios” y que “todo Israel se salvará”.

Al igual que Oesterreicher, los pensadores dedicados al trabajo intelectual de preparar esta revolución eran judíos conversos. Poco después de la guerra, Thieme se reunió con la sobreviviente de campo de concentración, Gertrud Luckner para publicar Freiburger Rundbrief en el sudoeste de Alemania, donde hicieron avances cruciales en materia de teología en el camino de conciliación con los judíos. En París, el R.P. Paul Démann, judío húngaro converso, empezó a publicar la reseña Cahiers Sioniens y, con la ayuda de sus compañeros conversos Geza Vermes y Renée Bloch, refutó el anti-judaísmo en los catecismos de escuelas católicas.

En 1961, Oesterreicher fue convocado para trabajar en el comité del Vaticano II encargado de la “cuestión judía”, que se convertiría en el asunto más difícil para los obispos. En un momento crítico, en octubre de 1964, los sacerdotes Gregory Baum y Bruno Hussar se unieron a Oesterreicher para ensamblar lo que se convertiría en el texto final del decreto conciliar sobre los judíos, sobre el cual votarían los obispos un año más tarde. Al igual que Oesterreicher, Baum y Hussar eran conversos con antecedentes judíos.

Todos conservaron una tendencia que provenía del Primer Concilio Vaticano en 1870, cuando los hermanos Lehmann— judíos convertidos a catolicismos y ordenados sacerdotes— presentaron una declaración sobre las relaciones entre la iglesia y los judíos, enunciando que los judíos “siempre son amados por Dios” por sus padres y porque Cristo había salido de entre ellos “de acuerdo con la sangre”. Sin los conversos al catolicismo, todo parece indicar, la Iglesia Católica nunca hubiera encontrado la salida a los retos del antijudaísmo racista.

El gran porcentaje de judíos conversos como Oesterreicher entre los católicos que se oponían al antisemitismo tiene sentido, pues en los años treinta todos eran objeto del racismo nazi que no habían podido evitar el racismo que había penetrado en la iglesia. En oposición a éstos, ellos estaban dirigiendo a la Iglesia a su propio universalismo; pero al retomar los tan olvidados pasajes de San Pablo en su carta a los Romanos, también abrieron la mente de la Iglesia para una nueva apreciación del pueblo judío.

¿Cuáles fueron los motivos detrás de su compromiso en esta guerra? En una reseña generosa de mi libro en La Nueva República, Peter Gordon sugiere que la voluntad de los conversos para abogar por los otros tuvo su origen en una preocupación por el yo. Habían conservado un sentido de sí mismos como judíos aún en el seno de la Iglesia Católica. Gordon nos recuerda el escepticismo de Sigmund Freud acerca de la posibilidad de amar a otros. El verdadero amor, según Freud, conllevaba narcisismo: no es el otro a quien yo amo, sino a mí mismo, o al menos sólo amo esa cualidad del otro que me recuerda a mí o la persona que yo era”. Pero en Oesterreicher vemos una permanente solidaridad con la comunidad a la que alguna vez perteneció, más específicamente, con su familia. En 1946, reflexionó sobre la fe de su padre, que había muerto de neumonía en Theresienstadt (su madre sería asesinada más tarde en Auschwitz). Contrario a la antigua idea cristiana de que fuera de la iglesia no hay salvación, Oesterreicher no sufrió por su padre. Nathan Oesterreicher había sido un hombre justo, a quien se podía aplicar la “bienaventuranza de los pacíficos”. Si Oesterreicher hijo hubiera sido un verdadero narcisista, se habría contentado con la creencia de que era salvo gracias al bautismo. En cambio, un intenso amor y una profunda añoranza por su padre judío abrieron la mente de Oesterreicher a la posibilidad de que los judíos podían salvarse como judíos.

El obsequio perdurable de los conversos que colaboraron en la reformulación de la enseñanza católica sobre los judíos extendería su sentido familiar de solidaridad hacia nosotros, hacia judíos y cristianos. En 1964, Oesterreicher escribió personalmente esa parte de Nostra Aetate, según la cual la iglesia ya no habla sobre la misión de los judíos sino que está ansiosa de que llegue el día en que “todos los pueblos se dirigirán al Señor con una sola voz y ‘le servirán hombro con hombro’”. (La última frase se tomó de Sofonías 3:9). Con esta enseñanza nueva, la Iglesia cejó en su empeño de convertir al otro en católico, y después de este punto, los católicos involucrados en el diálogo cristiano-judío tienden a no ser conversos. Ahora se vive con el entendido de que los judíos y los cristianos son hermanos. Los conversos cruzaron la frontera pero en cierto modo siguieron siendo los mismos, pero reconociendo la legitimidad, la bendición, de hecho, de nuestras diferencias, ayudaron a derribar el muro que separaba a judíos y cristianos.

John Connellyes profesor en la Universidad de California, Berkeley, y el autor de “From Enemy to Brother: the Revolution in Catholic Teaching on the Jews, 1933-1965,” (Harvard University Press,2012).

Fuente: "Foro Católico"