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LA SINGULAR REVERENCIA, MAGNIFICENCIA Y OPULENCIA DE
UN DÍA DE CORPUS CHRISTI EN EL BUENOS AIRES COLONIAL


06 de febrero de 2018 - Traducción de Patricio Shaw de dos párrafos del libro History Of The Viceroyalty Of Buenos Ayres de Samuel Hull Wilcocke, publicado en Londres en 1807. Han sido modificadas dos palabras irreverentes del testigo herético, aunque objetivo en cuanto a lo visible.

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LA SINGULAR REVERENCIA, MAGNIFICENCIA Y OPULENCIA DE UN DÍA DE CORPUS CHRISTI EN EL BUENOS AIRES COLONIAL

Así describe [en inglés] la celebración de la Festividad de Corpus Christi en la ciudad de Buenos Aires y reciente testigo ocular.

El inicio de la mañana fue marcado por el sonido de campanas, el tiroteo de cañones, y otras demostraciones similares de alegría. A las diez, a una señal dada desde la casa del gobernador, la comunidad se dispuso a tomar parte en el desfile general, y se reunió en la plaza central. Aparecieron las órdenes religiosas en sus respectivos hábitos, novicios, terciarios y presbíteros, con música, coristas, estandartes, imágenes, y valiosas reliquias. Las naciones congregadas se apiñaron alrededor, y pareció como si estuvieran reunidas gentes de todas las partes de la tierra, presentando cada diferente matiz de complexión, desde el blanco y sonrosado habitante de Europa Septentrional, hasta el nativo negro de Guinea. En los exteriores de las casas alrededor de la plaza colgaban festones de flores, y aves vivas atadas con cuerdas que impidieran su escape pero las dejaran revolotear y desplegar su plumaje hermoso: un artilugio de efecto muy pintoresco. Disparada una carga por un grupo de soldados, y formada en orden toda la guarnición a un lado de la plaza, comenzó la procesión. Las Fuerzas Armadas, completamente equipadas, echaron a desfilar de dos en dos con música militar, haciendo alto a intervalos para dar disparos, mientras sonaban las campanas de las iglesias y daban salvas los buques en el puerto. A continuación vinieron los religiosos de la orden de San Francisco; luego una segunda división de los Fuerzas Armadas y los coristas de los catedral; los siguieron las órdenes monásticas de Santiago y Santo Domingo. Fue entonces que apareció el Santísimo Sacramento llevado sobre un altar ricamente decorado y elevado, y rodeado por toda la gente de primer rango y calidad de la ciudad vestida riquísimamente, algunos de ellos llevando candelas delgadas encendidas y muy perfumadas, otros incienso, muchos estandartes, y un buen número reliquias. El grupo completo estaba flanqueado por soldados a caballo en su atavío más nuevo y mejor, disparando alternativamente a derecha e izquierda; y dondequiera que apareciese una cruz, lo cual ocurría al final de casi cada calle, todo el desfile se detenía a cantar parte del oficio del día. Detrás de la Eucaristía vino otra división de soldados, y después todos los demás religiosos de la ciudad. La procesión avanzaba por el medio de las calles, cuyos lados estaban atestados por la multitud mixta de cada complexión, edad y sexo; empero, a pesar de sus números, todos desfilaban bien alineados y en silencio profundo, excepto al tomar parte en las respuestas generales del oficio.

Las decoraciones de las casas eran más magníficas de todo lo concebible. En cada habitación colgaban ora tapices ora géneros de algodón de tintes diversos ornamentados con plumas, festones de flores, y numerosos y costosos ornamentos y utensilios de oro, plata y joyas: todas las riquezas de los dueños se exhibían en esta ocasión solemne. A intervalos, arcos triunfales cruzaban las calles, confeccionados de ramas de árbol artísticamente entretejidas, cargados de frutos, y animados por una gran variedad de aves vivientes suspendidas en jaulas o atadas con cuerdas. También a intervalos había colocadas mesas con toda especie de comestibles y, cerca de las casas, también había animales vivientes: jóvenes leones, tigres, lobos, perros, y monos, cuidadosamente asegurados para imposibilitar por completo que hiriesen a los peatones. De las ventanas, pendían canastas que contenían toda variedad de semilla y grano destinados a la siembra, sobre los cuales invocaban la bendición del Dios que pasaba. El suelo estaba esparcido de hierbas y flores, en muchos lugares dispuestas tan arregladamente que parecían alfombras delicadísimas. Cuando la procesión llegó a la catedral, una multitud de voces rasgaba el aire, y se procedió a entrar en el edificio bajo fuerte descarga de artillería desde el fuerte, desde los buques del puerto, y desde la mosquetería de los soldados situados en las calles. Allí se celebró Misa  solemne y se administró el Santísimo Sacramento con extrema solemnidad y pompa para retomarse después el desfile en el mismo orden. Los principales habitantes y los caciques indígenas fueron invitados a la casa del gobernador, donde un banquete abundante los esperaba. Los comestibles exhibidos en la calle fueron distribuidos por sacerdotes entre los habitantes, que convidaban a todos los desconocidos que los pidiesen. Por la noche hubo un regocijo general, con fuegos artificiales, baile, corridas de toro y ejercicios marciales.

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